martes, 19 de junio de 2018

Impresionante.


Primer acto: un ex astro del futbol casado con reconocida comunicóloga se toma un video indecoroso dedicado para, evidentemente alguien que no es su esposa.

Segundo acto: el video sale a la luz pública a horas de inaugurarse la Copa Mundial de futbol lo que lo hace aún más viral que en cualquier otro momento.

Tercer acto: el tipo de vuelve un héroe nacional, su anatomía un grito de guerra contra los rivales de la selección y la comunicóloga recibe todo tipo de burlas sobre la situación.

¿Cómo se llamó la obra?

No cabe duda que la situación es chusca. Luis Roberto, casado desde hace 9 años, padre de dos hijos se desnuda frente al espejo y se refiere a sí mismo como “impresionante”, en ese español con fuerte acento portugués que hace a la situación aún más divertida.

Su (aún) esposa en redes sociales no se llama a si misma “impresionante” pero se dice una mujer fuerte, capaz de aguantar este tipo de problemas que le plantea la vida. Alguien le responde que debe serlo para “aguantar” la gran anatomía de su marido. Todo México se ríe ante la tragedia de una familia que seguramente ha quedado marcada (basta ver como fueron marcados los Clinton). Porque pues esos somos, porque quien los manda, porque quién la manda a ella a querer seguir su trabajo mientras dura la chacota. Porque quien se enoja pierde.

Sólo que ella no pidió estar en esa situación. Sólo que Zague no es el único embarrado por su tontería. Sólo que seguimos siendo el país que se burla de la engañada, y vuelve héroe al “todas mías”.

Me parece divertido reírme del video y de la embarazosa situación del protagonista. Me parece abominable burlarme de la dama que salió perjudicada, insultarla, hablar de su capacidad para ser, en el estricto sentido de la palabra “chingada” por la tremenda masacuata de su aún marido. Seguimos siendo los huérfanos de la malinche, un país con un altísimo nivel de violencia hacia las mujeres, el primer síntoma es la violencia verbal que hombres y mujeres por igual ejercemos todos los días.

Veo a mi hijo de 8 años como observa a su madre, a su hermana, como habla de la compañerita que le gusta en la escuela. A todas las idolatra, las admira, las procura. Sé que invariablemente cambiará de actitudes si quiere pertenecer al clan patriarcal, que eventualmente compartirá historias con sus otros compañeros sobre sus conquistas sexuales (reales o imaginarias), etiquetará a sus compañeras, compartirá memes e imágenes denigrantes en redes sociales.

Trato de compensar enseñándole a mi hija y a mi hijo que el intelecto y los valores son lo que definen a una persona, no su género. Que la broma dura hasta que el aludido se ofende. Que más vale reírse de sí mismo que herir a las personas.

Vuelvo a la conclusión a la que siempre he llegado: por sobre encima de la libertad de expresión está el derecho a la dignidad y el respeto a las personas.

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