jueves, 31 de mayo de 2018

Vivir para contarla.


Últimamente he pensado mucho en un episodio extraño que me sucedió. Un día decidí pasar al centro comercial cercano a mi oficina a comprar un helado en Häagen-Dazs. Mientras ordenaba, volteé hacia la única mesa ocupada en el local, ahí sentado como cualquier parroquiano, rodeado de tres jóvenes en edad universitaria, estaba Gabriel García Márquez.

Yo, que había escuchado de sus fuertes problemas de salud pensé que mis ojos me estaban jugando una broma, ello a pesar de que me precio de ser buen fisonomista. Además, el señor que estaba sentado frente a mí se veía un poco más anciano, más delgado que el García Márquez que yo conocía de la tele y las contraportadas. Hubiera sido tan fácil estrecharle la mano y pedirle una fotografía a aquél autor que fue héroe de mi juventud preparatoriana. Tengo grabados en mi memoria muchos pasajes de sus libros, y muchas de sus historias me llegan de una forma muy personal. Así que, incrédulo, me di la vuelta con mi helado y regresé al coche. A los pocos meses escuché la noticia de que García Márquez había fallecido. Nunca más tendría oportunidad de conocerlo.

Semanas después, buscando alguna otra cosa en internet, me topé con el encabezado de una noticia atrasada: “Gabriel García Márquez vuelve a sorprender, pasea por Perisur”. Resulta ser, que el hombre era vecino del área y solía acudir con frecuencia al centro comercial.

Han pasado años de ese encuentro, los mismos que el autor de “Cien Años de Soledad” lleva muerto, pero algo ha activado recientemente ese momento en mi memoria. Tal vez, es la convicción a la que he llegado de que no se pueden dejar para mañana las cosas. En cualquier ámbito de la vida me parece urgente hacer y decir lo que uno espera pues no sabemos si vamos a tener tiempo después ...o si vamos a vivir lo suficiente para contarla.

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