sábado, 17 de junio de 2017

Día del padre.


Hace un año, el 19 de junio de 2016, día del padre, me estaba preparando para irme al gimnasio a eso de las 6:00 AM cuando recibí una llamada de mi madre desde una ambulancia: mi padre estaba siendo trasladado al hospital. Ese día no lo sabía, de hecho el veinte me iría cayendo durante la semana: mi padre no tenía muchos meses más de vida. El siguiente viernes entró en terapia intensiva, una historia que ya relaté por aquí y en esos días me despedí de él. Aunque los doctores lograron sacarlo de la crisis en esa ocasión, se fue deteriorando rápidamente con el resultado que ya conocen.

A un año del momento que para mí lo inició todo, tengo muchas cosas en la cabeza: en sus últimos meses, tras haber estado sedado por una semana ese junio, mi padre perdió la fe en el más allá. Un hombre que siempre fue católico empezó a cuestionar la existencia de la vida después de la muerte, pues para él ese tiempo fue totalmente perdido. Ni cielo ni infierno. Simplemente la nada. Esa situación desgarradora, de un hombre que cae en la cuenta de que su gran esperanza podría ser inexistente, me llevó a reflexionar en lo corta que es la vida y que los seres humanos solemos desperdiciar el tiempo como si fuéramos dueños del mismo.

Esos últimos meses mi padre se propuso hacer de todo, desde una encerrona con toros para celebrar su cumpleaños 70, al cual no llegaría; que fuéramos a un partido de béisbol, que hiciéramos un viaje todos juntos. El tiempo apenas le dio para acabar el cuadro que inició antes de la crisis de junio y para ver a su nieta caminar. En su mente él seguía siendo el toro imbatible, la realidad apenas le permitía caminar entre las cuatro paredes de su casa.

Más que cualquier terapia, la muerte y el funeral de mi padre me enseñaron a valorar a la gente cercana. A dejar por un momento la eterna guerra por tonterías y darme cuenta que hoy sigo siendo el superhéroe de mis hijos. La foto que encabeza esta entrada no la conocía. La descubrí en esos seis meses posteriores a la crisis, un día que fui a ver a mis padres y ellos estaban catalogando las fotos familiares por años. En ella me descubro como un niño sonriente y feliz de estar al lado de su padre, su máximo héroe. El potencial de una vida y una relación que apenas comienza y que con el tiempo y mi (eterna) adolescencia se fue desgastado. La verdad es que nunca he visto otra foto en donde haya sonreído así.

Mis hijos hoy tienen aún esa sonrisa cuando están a mi lado y me he propuesto este día del padre impedir que se borre por el mayor tiempo posible. Quiero seguir siendo su héroe y aunque alejarse de los padres será señal de su crecimiento y proceso de maduración, espero que ese distanciamiento sea momentáneo y sólo sirva para que nos reencontremos en un punto en donde ya no me vean como su mayor, sino como el igual que los guio mientras estuvieron pequeños y mientras Dios (una frase que repetía mi padre) los puso a mi cuidado. La vida es corta, la infancia lo es aún más. En verdad hoy sé que no hay mañanas y que probablemente no haya recompensas eternas. No hay razón para no reencontrarnos con ese ser querido. Hagamos de nuestro hogar ese paraíso anhelado.

Lectora, lector querido. Feliz día del padre.

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