martes, 22 de diciembre de 2015

Dos imanes.


Hoy he decidido terminar nuestra historia. Esa historia que nunca comenzó, que yo imaginé en mi cabeza varias veces y no, nunca pasó. Esa historia que yo divido en tres partes: el tiempo que convivimos aquí, desde donde escribo esto.

El día que partiste te llevaste al viejo Yo y no me diste oportunidad de cerrar el ciclo, de entender lo que había pasado sino hasta cinco meses después. Ese tiempo estuviste perdida. Tras un año de convivio diario, de meterte en mi cabeza y yo en la tuya, un día simplemente desapareciste con 72 horas de aviso… eso fue todo. Yo consideré que éramos íntimos y sin embargo no tuviste el cuidado, o el valor de decirme tus razones reales. Cinco meses después volviste y fue casualidad o destino que yo estuviera aquí, te viera y entendiera todo: tu abrupta salida, tu silencio, todo. Nuevamente me enteré por alguien más que sucedía más de lo que me habías dicho, pero lo volví a tomar (iluso yo) como una señal de lo mucho que signifiqué para ti. Ahí, ese hubiera sido el cierre perfecto, el final de cuento, el “no continuará”, porque no había nada más que agregar.

Excepto que no. Un año después de tu partida restableciste el contacto, y en esta nueva etapa volvimos a comunicarnos diario, a compartir ideas, sentimientos, complicidades. En esta etapa nadie se te comparaba, nadie era lo suficientemente especial, o inteligente o capaz de hacerme entender la vida como tú. Yo sabía quién eras y quién era yo por ser tu amigo. Excepto que no sabía nada: pronto comenzaste a cortar comunicación. Primero fueron unos días, luego semanas, después meses. Sin avisar te desvanecías y volvías con cualquier explicación: “me fui de vacaciones”, “me mudé”, “tengo mucho trabajo”. Cada vez te creí y pronto me acostumbré a perderte sin aviso y a recuperarte sin explicación. Después de todo soy tu mejor amigo, ¿no? Y para eso están los amigos, para entender sin juzgar.

En una de tus desapariciones, me topé con alguien a quien yo percibí como tu alma gemela. Alguien dispuesta a tomar ese lugar en mi vida que tú no valorabas. Craso error. Ella era lo más alejado a ti. Y el que me haya dado cuenta te puso en un pedestal todavía más alto. Eras insustituible. Eras única, un garbanzo de a libra que tenía que estar en mi vida a como diera lugar. Después de todo nadie deja pasar el más grande tesoro que ha conocido.

La tercera etapa ha sido la más dolorosa y extraña: conforme los problemas en casa se agudizaron, yo busque a quien para ese entonces me había sido leal y “estaba conmigo hasta el final”. Excepto que no, nunca estuviste. Todo fue una explicación errónea de mi parte a tu forma de ser. Y si he medido a toda la gente en torno a tu conducta conmigo, es lógico que te mida a ti, en este momento en torno a esa imagen que de lealtad tú construiste, y no. No cumples tus propios alcances.

Y eso hace toda la diferencia: en el momento en que te necesité más no estabas. Entender eso me ha trasformado. Me ha hecho entender que nunca, jamás estarás y que todo este tiempo estuviste jugando con mi cabeza. No importa.

Gracias a ese juego maduré, reconsideré mi vida, mis amistades. Mi familia. Fuiste mi más grande crisis y gracias a Dios una crisis que pude superar. Así que no tengo nada que reclamarte. Tengo mucho que agradecerte. Y así como se termina la hoja termino esta historia. Nuestra historia. Somos dos imanes.

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