viernes, 11 de noviembre de 2011

Cuento: "Batman-Crazy"



Historia por Fermín Reyes.




El puente Aparo conecta a Gotham con el lado continental, hacia los suburbios. Aquel mediodía el frío hacía que agarrar el volante doliera en las articulaciones de los dedos de los conductores. La mujer detuvo su camioneta a un lado del camino de manera intempestiva, tanto que el automóvil de atrás tuvo que desviarse para evitar chocar, mientras tocaba el claxon de esa manera agresiva que tienen los citadinos para, sin golpes de por medio (o a veces con ellos), mostrar su descontento con quienes realizan una afrenta vehicular. La mujer caminó hasta el barandal del puente y sin más se arrojó al vacío, una caída libre que representa 20 pisos. Un par de autos casi chocan, el horror y la sorpresa en la cara de sus conductores.

Al otro lado del puente Aparo, en un barro residencial de lujo, Philip Fletcher padre de tres hijos, presidente de la liga católica y dueño de Químicos Ace fue hacia su estudio, sacó, como cada semana uno de sus tantos revolvers de cacería para limpiarlo y consideró buena idea probarlo. Salió al jardín y se topó con María, una de las ayudantes de la casa. Le pegó dos tiros en la cara. Pegó otros tres al jardinero que se encontraba podando un arbusto y reservó uno para si. Era la primera vez que tenía un arma en la boca, pero sin chistar accionó el gatillo.

Montoya y Bullock regresaban de su patrullaje hacia la estación de policía. Les llamó la atención ver, al lado de la carretera y a pesar del frío cuasi invernal de noviembre, a una mujer arrodillada frente a lo que parecía ser un asiento portabebés. La mujer sonreía y en su mano derecha agitaba lo que parecía ser una sonaja, mientras aparentaba cantar una canción de cuna. Sólo como precaución, Bullock bajó la velocidad y echó las luces hacia donde estaba la figura, la mujer no reaccionó, de pronto se levantó, tomó el asiento portabebés y lo arrojó hacia la carretera. Un objeto tan pequeño no fue visto por el conductor que manejaba a unos 80 km por hora, pero afortunadamente Bullock es de una constitución lo suficientemente robusta, para que cualquiera se frene antes de embestirlo.

El conductor sólo atisbó a bajarse del coche y preguntar “t-todos están bien?”. Bullock, con el niño ahora en brazos no contestó. Fue Montoya quien esposó a la mujer, quien en un estado de total histeria gritaba “no quise hacerlo, no quise hacerlo”.

“Su nombre es Sara Martin”, dijo Jim Gordon mientras se limpiaba los anteojos y los revisaba a contraluz, esperando tal vez que la extra transparencia en las micas ahora si resultara en la última vez que tendría que ejecutar la maniobra en su vida. “Además del bebé tiene otros dos niños. Hemos entrevistado a sus vecinos y a los padres de familia de la escuela de sus hijos y todos la califican como una madre ejemplar”. La figura lo escuchaba sin emitir sonido alguno. Ambos detrás del espejo observaban a la mujer, traída horas antes por René Montoya y quien lloraba desconsolada.

“Regresaba de dejar a su esposo en el aeropuerto, dice que se le hizo buena idea bajarse del coche a arrullar a su niño y de repente tuvo la idea de que se dormiría mas rápido si lo arrojaba al camino. Gracias a Dios Bullock y Montoya la encontraron primero”. “¿Antecedentes de problemas mentales en su familia?” preguntó la figura con esa voz de ultratumba que a pesar de los años de conocerlo seguía erizando la piel del Comisionado. “Ninguno, ni la mas pequeña ansiedad. Los psicólogos forenses ya la han examinado y fuera del shock que le provocó la situación no encuentran ningún desorden. Hay otra cosa. Tras su segundo hijo, los Martin parecían no poder embarazarse. Pasaron dos años en costosos tratamientos para poder tener un tercero. Era la mujer la que insistía”. “Así que una mujer ejemplar, sin ningún problema psiquiátrico decide un buen día que la mejor manera de dormir a su hijo es lanzarlo a la carretera. Suena a algo que el Dr. Crane o el Joker harían”.

“Sólo que ambos llevan meses en Arkham. Ya mandé a revisar sus celdas y están ahí. Joker está comatoso, incluso”. “Eso no lo ha detenido antes. Avísame el resultado de los toxicológicos, si Crane o Joker han vuelto a las andadas lo descubriremos ahí”. La figura desapareció, mientras Gordon revisaba nuevamente la figura de la mujer. Lidiar con Joker o Scarecrow no era para nada fácil o deseable, pero por lo menos ya conocían su modus operandi. Un pensamiento le inquietaba “¿Qué tal si se trata de alguien nuevo?”.

En el sótano de un edificio, un hombre de unos 30 años cantaba frente a una estufa una recién aprendida canción de cuna:

“Al niño bonito
¿Qué le daré?
Un conejito
que ayer pillé
es muy mansito,
no sabe morder.
Aquí se lo traigo,
para que juegue
usted.”

El hombre siguió tarareando, mientras con una cuchara sorbía un poco del guisado que tenía enfrente. Le gustó el sabor. Siguió moviendo el contenido de la olla con la cuchara un poco mas, antes de servirse una buena porción.

“Los resultados toxicológicos resultaron negativos, la mujer no podría estar mas limpia” informó Gordon a Batman cuando este le llamó. “Yo tampoco tengo noticias. Joker y Crane están en su celda, al parecer tan desconectados del mundo que dudo mucho que sepan en que época viven”. Gordon respiró tranquilo “Puede que sea un caso aislado después de todo”. “Nunca lo son”, contestó el murciélago y colgó.

En el edificio vivía una madre soltera y sus tres hijas. Todas adolescentes, tan iguales y tan distintas entre sí, que se podía adivinar que la madre había tenido distintas parejas sexuales en un lapso relativamente corto de tiempo. La mas hermosa era la mayor, Mariela, quien fuera del tiempo de la escuela, pasaba muchas horas en casa, cuidando y procurando a su madre. Mariela detestaba vivir en ese cuchitril, pero entendía que su madre nunca había tenido un trabajo estable y era caro mantener a 4 con los míseros sueldos de los trabajos peor pagados en la ciudad. Aquél día, su madre la oyó llegar de la escuela a la misma hora de siempre, pero Mariela entró a la casa 10 minutos después. “¿porqué tardaste en subir?” preguntó la madre. “Perdón, me quedé platicando con un vecino que conocí el otro día. Es un viejito de lo mas amable”.

Greg Masiello respondió el teléfono de su oficina para recibir la quinta felicitación de la mañana. No todos los días lo promueven a uno a VP de ventas de la compañía farmacéutica más importante de Gotham. Mientras platicaba animadamente con la persona que le llamaba, tomó un abrecartas y comenzó a abrir su correspondencia. Su asistente entró con el primero de muchos cafés de la mañana, y Greg, sin decir palabra tomó el abrecartas y le abrió la yugular. Se despidió de la persona al otro lado de la línea y colgó. Dio un sorbo a su café mientras observaba en el suelo desangrarse a su asistente. Luego se puso a contestar mails en la computadora.


El frío nocturno se clavaba en la pronunciada frente y las orejas de Jim Gordon. La azotea de la Comisaría no era un lugar para estar en la noche en noviembre. A decir verdad no era un lugar para estar a ninguna hora en ninguna época del año, pero el murciélago esperaba. Gordon visiblemente confundido comentaba a su recién llegado acompañante “La mujer se llamaba Mónica Hammond. Fue asistente de Masiello por 2 años. Según sus compañeros de trabajo siempre llevaron una relación cordial, nada fuera de la oficina”. “¿Es cierto que lo promovieron ese día?” susurró Batman. “Si, además tiene una esposa y una recién nacida”. Batman tronó la boca: “Así que nuevamente nos topamos con ciudadanos ejemplares que espontáneamente se vuelven locos”.

“Y tenemos otro mas…” dijo Gordon: “Originalmente no lo vinculamos porque no existía un patrón, pero hace una semana Philip Fletcher de Ace Chemicals mató a dos ayudantes y se suicidó”. “Aspiración de humos tóxicos?”, preguntó el murciélago. “Nuevamente nada,” replicó Gordon “los exámenes toxicológicos salieron limpios. Si acaso, un par de whikeys”.

Bajo la máscara, el murciélago frunció el ceño: “Volviendo a nuestro ejecutivo ¿Qué declaró Masiello?”. “Nada, que se le hizo buena idea probar el abrecartas con su asistente”. El murciélago abrió los ojos, nuevamente esas palabras “buena idea”, una buena idea que resulta mortal. Definitivamente ambos sucesos, la madre y Masiello estaban relacionados. Probablemente si el agujero de 20 centímetros de diámetro en el cráneo de Fletcher lo dejara hablar, diría lo mismo: que en el momento, meterle dos tiros a su ama de llaves en medio de los ojos y después volarse los sesos había parecido una “buena idea”. ¿Cuantos casos más existirían antes de detener lo que fuera que estaba terminando con la reputación (y la vida) de ciudadanos ejemplares en su ciudad?

Las 6:30 PM eran una hora lo suficientemente fría y oscura en esa ciudad de la Costa Este para prevenir que hubiera mucha gente en la calle. El hombre salió de la casa cubierto con una cazadora de borrego, una bufanda de cuadros y una gorra del equipo local, los Gotham Knights. En ese barrio bajo no existía mas que un mini super con servicio las 24 hrs., el tipo de lugar que funciona para comprar una botella a altas horas de la noche a través de un vidrio blindado, pero que carece de las mas elementales especias para cocinar. El hombre refunfuñó. Tendría que caminar unas 5 cuadras para conseguir orégano y pimienta entera, los condimentos que necesitaba para la cena de esta noche. Caminaba a paso firme, mientras el frío arreciaba, sonrió. Sería una buena época para la venta de antibióticos: por su cabeza desfilaban tablas con proyecciones de ventas, e incluso en un momento pudo dilucidar el porcentaje de utilidades que tales ventas traerían, si él fuera algún ejecutivo de una compañía farmacéutica.

Al bajar los escalones que conectaban el Callejón del Crimen con Morrison Avenue sintió una presencia tras de él. Apresuró el paso y de repente, un sujeto le cortó el camino. El hombre había leído suficientes historias de la zona como para identificar lo que era un asalto. La persona tras de él lo empujó. El de adelante le dio un puñetazo en la cara. Ahí tirado en el suelo, sintió como lo esculcaban y le extraían su cartera. Vaciaron su contenido y se llevaron la cartera y el efectivo. El hombre se quedó tirado un momento mientras con una mano trataba de evitar que la sangre de la nariz fluyera y con el otro trataba de recoger sus pertenencias: una licencia de conducir falsa, una fotografía vieja, una tarjeta telefónica.

Al otro lado de la ciudad, Greg Masiello era nuevamente interrogado. Recordaba haber estado totalmente lúcido mientras punzaba la arteria de su asistente con el abrecartas. Recordaba la llamada telefónica y el aroma del café recién filtrado mezclarse con el ferroso olor de la sangre. Los policías le preguntaron quién le había llamado. Masiello que en principio no recordaba ese detalle (habiendo sido felicitado todo el día por su nuevo ascenso), titubeó y dijo “c-creo que ya lo recordé, pero es imposible”. Tras el espejo Gordon dejó la libreta de anotaciones un momento y prestó atención a la cara del hombre. “¿Por qué dices que es imposible?¿quien te llamó?” preguntó el policía a cargo del interrogatorio. “Me llamó mi padre”, dijo Masiello. “Pero digo que eso es imposible, porque hace mas de un año que falleció”.




Gordon se veía preocupado “ahora puedo decirte que no es coincidencia, y que hay mas muertes relacionadas de lo que pudiéramos imaginar”. Batman que llevaba menos de medio minuto en la oficina lo observó inquisitivo, aunque bajo la mascara era difícil imaginar lo que estaba pensando.

“Lo que tenemos en la pantalla es la grabación de la cámara de seguridad arriba del puente Aparo. El pasado viernes una maestra de kindergarden, Mary Ann Lee se suicidó arrojándose al río. No pensamos que estuviera relacionado, hasta que vimos las imágenes.”

Gordon reprodujo el video. En el se mostraba una camioneta tipo suburban que hacía alto total en medio del tráfico de manera repentina y una mujer que abría la puerta del conductor, caminaba tranquilamente, casi como hipnotizada y se lanzaba al vacío. Batman volteó a ver a Gordon interrogante. Gordon hizo un gesto que indicaba que el murciélago debería esperar unos segundos.

La imagen ahora, sucediendo en cámara rápida, mostraba a gente deteniendo sus autos y arremolinándose en torno del puente. Los típicos morbosos que bajan la velocidad ante el más mínimo alcance vehicular, y que de plano se detienen ante volcaduras, choques contra arboles y atropellados. Ahora en las imágenes se veían unas 20 personas y una patrulla que se detenía a verificar el incidente. Mientras todas las personas estiraban el cuello para ver hacia abajo, a sus espaldas alguien descendió de la camioneta tipo suburban. Las borrosas imágenes mostraban un tipo delgado enfundado en una chamarra, algo que parecía una bufanda y una gorra, que tranquilamente abandonaba el vehículo minutos antes piloteado por la mujer y desaparecía de la pantalla sin que nadie se hubiera percatado de su presencia.

“El hombre que no estuvo ahí” dijo Batman. Gordon respondió “Batman, era de día. Ya interrogamos a los testigos, nadie recuerda haber visto a otro tripulante. Incluso, tu lo viste, uno de los patrulleros se asomó al interior y no recuerda haber visto nada”. Definitivamente no era algo que sucediera todos los días. Batman se levantó y dijo “creo que ya sé quien es nuestro asesino. Sólo necesito un favor. Necesito la lista de personas desaparecidas en Gotham la última semana. Necesito saber si el número se incrementó.”

“¿S-sospechas que existen más crímenes relacionados?” preguntó Gordon incrédulo. “No lo sospecho, estoy casi seguro. Estoy seguro que nuestro asesino está jugando con nosotros. Ha cambiado su modus operandi, pero definitivamente no podrá cambiar sus hábitos. Busca desapariciones recientes y dime la zona de la ciudad.”

Esa semana Mariela ya no llegó temprano a casa para platicar con el “anciano que vivía en el sótano”. Aunque éste la esperaba, invisible a los ojos de todas las personas, incluyendo los de la madre de Mariela. El vecino comenzaba a impacientarse. ¿Dónde estaba esa niña que en pocos días empezaba a robar su corazón? Enojado regresó a su pequeño apartamento en el sótano del edificio. El delicioso aroma de un buen estofado se filtraba a través de la puerta.

En una azotea Batman escrutaba la ciudad. SU ciudad. Había un asesino suelto en su ciudad que la mancillaba. Y otra víctima inocente esperando turno.

En la Comisaría, Crispus Allen regresó con la lista: Gordon se sobresaltó…el número de personas desaparecidas había incrementado exponencialmente en una parte de la ciudad en el último mes. La zona era lo único que Batman estaba esperando para detener esta pesadilla. “Park Row. ¡El asesino se encuentra en la zona de Park Row!”

En la mesa de la cocina había dos carteras, una navaja y otros objetos personales que no pertenecían al hombre. Los había extraído de dos ladronzuelos menores que hacía un par de días habían tenido el infortunio de toparse con él y pretender robarlo. El hombre ahora sabía que esos dos ladrones robaban para mantener sus adicciones. No eran los organismos mas saludables, pero a caballo regalado no se le ve el diente. Estos dos tenían merecido su destino. Cuando estaba por servirse la cena, escuchó la puerta del edificio: era Mariela, acompañada de un apuesto joven al que nunca había visto. Él la besó tiernamente, antes de que Mariela cerrara la puerta y subiera las escaleras hacia su casa.

El hombre entró en cólera. Sin quitarse siquiera el delantal salió de su departamento, situado en el sótano del edificio y se dirigió, invisible como siempre hasta la puerta del departamento de Mariela. Adentro se escucharon gritos.

La madre jaloneó del cabello a la joven mientras le gritaba “DONDE ESTABAS, ZORRA???” con una mano y con suficiente fuerza para levantarla del piso, dirigiéndola a la cocina. Afuera del departamento el hombre hizo un movimiento y veía con sus propios ojos como la madre de Mariela buscaba en los cajones algún cuchillo. Las manos del hombre se movían frenéticamente en el aire, como buscando algo. De pronto, Mariela pateó a su madre en la espinilla y el hombre gritó de dolor. La niña corrió al baño del pequeño apartamento y se parapetó tras la puerta. Su madre llegó hasta ahí golpeando con furia la blanca madera. “ABRE!” gritó aquel hombre, y entonces se dio cuenta que desde otros departamentos se asomaban los vecinos. Desconocía cuanto tiempo lo habían estado observando, a él que hasta hace unos minutos había sido invisible.

Batman iba a medio camino hacia Park Row cuando escuchó, en la frecuencia del 911, una llamada de auxilio en la zona, de lo que parecía un altercado doméstico. Para él no había duda de lo que iba a encontrar. Llegó hasta la dirección proporcionada por lo vecinos, subió hasta la azotea del edificio y con la armadura que cubre su cuerpo destruyó el tragaluz al tiempo que gritaba “no la mates, Stirk!”.

Cornelious Stirk perdió el contacto telepático con la madre de Mariela, sólo momentos antes de que aquella tratara de encajar un cuchillo en la garganta de la niña. La madre reaccionó y abrazó a la adolescente entre lágrimas.

Desorientado por la sorpresa, Stirk dio un par de estocadas en el aire antes de percatarse de que no tenía ningún instrumento punzocortante en la mano. Lo último que vio fueron los nudillos del puño derecho de Batman.

El frío no cesaba en Gotham. La oficina de Gordon permanecía con la ventana abierta, mientras la puerta estaba cerrada. En su interior se vislumbraban dos siluetas. Una era el comisionado y otra bastante inhumana, parecía un murciélago gigante. “Aunque necesitará terapia, una muchacha te debe la vida esta noche, Batman”. “Es mi único consuelo después de todos los cadáveres que dejó Stirk”.

“¿Cómo supiste que era él?,”preguntó el Comisionado.

“Tuve mis dudas, pero siempre sospeché de un telepata”. La pista más importante nos la dio Masiello. Recordará que en sus crímenes anteriores, Stirk hacía ver a sus víctimas como gente famosa: El presidente Lincoln o el propio Jesucristo. No sabemos a quién vieron la maestra ni Fletcher, pero Masiello dice haber escuchado la voz de su padre por teléfono. Seguramente era Stirk induciéndolo a cometer el asesinato. Creo que es su forma de vengarse de la gente que ha hecho a Gotham próspera: maestros, empresarios. Gente a la que Strik no podría acceder mas que a distancia, a través de entrenar su mente para invadir la de los demás. La maestra fue la primer víctima y con la que utilizó su método tradicional, seguramente hizo auto-stop, proyectando la imagen de alguien a quien ella conocía. Aunque Sara Martin no refirió nada inusual antes de aventar a su bebé, es posible que Stirk la hiciera olvidar su encuentro con él, así como Masiello no recordó en pricipio la llamada de su supuesto padre.”

“De ahí sólo fue localizar a un segundo grupo de víctimas: Stirk practica el canibalismo. Todos los muertos que conocíamos estaban completos, por lo que era evidente que se estaba alimentado de un segundo grupo, tal vez personas desamparadas o de una clase social baja, vecinos de la zona que habitaba, gente a la que Stirk no mataría a distancia pues necesitaba disponer de ellas. Pensé que pasaría horas, tal vez días patrullando la zona para encontrarlo. No contaba con el detalle de que Strik, con todo lo monstruoso y repugnante que es, sería capaz de sentir algo que él reconoció como amor. Amor por una jovencita a la que nunca le mostró su verdadero yo, transmitiéndole la imagen mental de un bondadoso anciano y quien le rompió el corazón, trayendo a su nuevo novio a casa.

Al final, lo que derrotó a Stirk fue su propia cobardía, al volverse el hombre invisible incluso para la mujer que amaba. El hombre que nunca estuvo. Lamento dejarlo comisionado, en especial sabiendo que será una larga noche, recuperando los cadáveres de la gente que Stirk devoró.”

Tras decir esto Batman salió por la ventana dejando solo a Gordon. Un escalofrío recorrió la espina dorsal del Comisionado. Esta vez no era por el frío.

No hay comentarios: